Rebeca siempre se sintió atraída por los rituales orientales. En medio de su vida agitada en la gran ciudad, del trabajo, la rutina y del tráfico, siempre buscaba poder tener ese pequeño espacio que le permitiera soportar su estilo de vida.

Desde joven supo que quería ser “exitosa”. Pronto en la vida descubrió que su definición de éxito incluía un “buen empleo”, un departamento, un auto, viajes de trabajo y una abultada cuenta bancaria. En su visión, nunca fue importante establecer una relación de profundidad con otro ser humano. Tuvo un par de intentos de relación humana con hombres que conocía en su trabajo, pero ninguna prosperó más allá de los 6 meses.

Se sentía mejor así. Era libre, tenía dominio y control de su vida. De todos modos la gran parte de su tiempo lo dedicaba a su trabajo. Tal vez esa era la razón por la que había subido tan rápido en el escalafón empresarial. Ella siempre había logrado lo que se proponía.

Debido a esto, siempre sintió un conflicto interno al sentirse sola. Un pequeño sentimiento que crecía con cada año que cumplía. Cuando trabajaba, todas sus ideas estaban claras, todas las acciones tenían un objetivo, –empresarial–, pero al final tenía un objetivo claro. El problema era cuando estaba a solas. No sabía qué hacer con ese agolpamiento de ideas y sentimientos a los que se enfrentaba.

Hacía ya algo de tiempo, por primera vez encontró en la cultura oriental ese pequeño remanso de paz que tanto buscaba. En este camino de descubrimiento, aprendió un poco de algunas prácticas como el budismo o el feng shui. Amaba la paz que sentía cuando realizaba las prácticas budistas, incluso las más radicales, como ser vegana estricta. Ahí sentía que podía controlar su mente, sus emociones y su cuerpo. En medio del caos de una vida llena de obligaciones y responsabilidades, que le agredía diariamente con ataques intelectuales y emocionales, Rebeca había podido al fin, crear su propio castillo mental donde se sentía segura. Además, hacía poco había completado el último nivel en su certificación de yoga. La yoga, pensaba, era la expresión última del control de la mente sobre la materia. Si ella podía dominar su cuerpo y su mente de esa manera, sabía que podría dominar los pensamientos que la asaltaban estando a solas.

Cuando su instructor la invitó a un retiro espiritual en Nepal, no lo dudó ni un segundo.

—“Será una experiencia que no podrás olvidar, este es el verdadero último nivel”, le dijo el instructor.

De inmediato, Rebeca ya tenía planeado su viaje. veinticinto días en total, que consideró suficientes para completar el retiro. Serían cinco días de viaje hasta la aldea más cercana al lugar del retiro, los siguientes quince días de meditar en el lugar del retiro y usaría los últimos cinco días para regresar con calma para descansar, y tal vez, pasear un poco.

El retiro se llevaría en un bosque “sagrado” en Nepal, conformado casi exclusivamente por árboles endémicos de esa zona llamados “Pipal”. Por lo que Rebeca pudo investigar, nadie se explicaba cómo ni por qué ese bosque tenía esas características. “En él, la vegetación se conforma de un 85% de árboles de ‘Pipal’, cuyas hojas en forma de corazón le dan una apariencia única”, leyó en un artículo mientras se acomodaba en el asiento del avión que la llevaría a Nepal. “Será una experiencia inolvidable”, pensó, “y el último nivel al fin”.

No podía recordar cuándo había estado tan emocionada por un viaje. Al fin podría poner en práctica todos esos años de yoga y meditación. Iba a demostrarse a sí misma que podría dominar su mente y su cuerpo. Iba a llegar al siguiente nivel de satisfacción personal porque el dinero, el trabajo corporativo y el éxito profesional ya no le representaban un reto. Sabía que necesitaba dominarse a ella misma, necesitaba callar esas voces que tenía en su cabeza, y sabía, –estaba convencida– que con este retiro lo lograría.

Finalmente llegó al lugar después de cinco días de viaje. El destino final era un tipo de abadía dentro de un bosque de nombre impronunciable, a unas dieciséis horas de Nepal. Y ahí, rodeando la abadía, estaba ese bosque místico lleno de árboles “Pipal” con sus distintivas hojas en forma de corazón. “Es increíble”, pensó al verlo y se estremeció al saber que ahí dentro, pasaría parte de los siguientes quince días perfeccionando su yoga y su meditación. Estaba verdaderamente asustada, pero emocionada.

Las personas que la recibieron en la abadía, eran siempre amables, pero nunca sonreían, lo cual le parecía muy raro, pero supuso que eso ayudaba a que los participantes no perdieran la concentración. Su grupo estaba conformado por cerca de treinta personas que provenían de diversos lugares del mundo. Los siguientes cinco días se enfocaron en una preparación estrictísima compuesta de pocos alimentos vegetales y de un extraño té de sabor muy amargo. Todos se levantaban a las cuatro de la mañana. Tenían largas sesiones de meditación continuadas de más largas sesiones de yoga y finalizaban el día con más meditación y cánticos acompañados de cuencos tibetanos. “Todo sea por superar la prueba final”, se repetían constantemente los integrantes del grupo.

Se les indicó que la prueba final estaba reservada solo para las personas que lograran superar los primeros siete días bajo esa estricta agenda. Y como de esperarse, al final del periodo asignado, solamente quedaron nueve personas.

Pero algo extraño pasaba con Rebeca y con los demás integrantes. Todos sentían sus extremidades adormecidas, sus articulaciones duras y con poca flexibilidad; y sentían que no podían pensar claramente. “Debe ser efecto del cansancio”, pensó Rebeca, “pronto terminará esto y podremos regresar”. Los días pasaron y se les reveló la prueba final: Debían ir al bosque, encontrar un lugar abierto y cómodo y practicar sus posturas de yoga y ¡meditar por tres días seguidos, sin alimento ni bebida! Habiendo ya pasado por tanto decidieron seguir adelante, al fin y al cabo, ¡ellos eran los elegidos! ¡ellos eran los más fuertes! ¡ellos eran los que, al fin, podrían demostrarse a sí mismos el dominio sobre sus cuerpos y sus mentes, pero más importante, sobre sus miedos. Esos miedos profundos y oscuros que no se atrevían a ver, pero que sabían que estaban ahí, mirándolos temblar como una hoja, prestos a dominarlos en cuanto se presentara la ocasión.

El día designado, todo el grupo se dirigió al bosque a las cuatro de la mañana. Un monje budista les acompañaba y les guiaba. ¡Al fin, era la prueba final! ¡Estaba a punto de dominar el último resquicio de descontrol que tenía en su mente! ¡Estaba a punto de demostrarse que ella podía dominar y conquistar lo que ella quisiera! ¡Incluso su mente y sus emociones!

Cada quien encontró el lugar que mejor les convenía y se sentaron a comenzar con su práctica. La última práctica. Las horas pasaban, la meditación se profundizaba y con cada nueva postura de yoga, sentían que estaban más cerca de lograrlo. Pero algo sucedía. Algo no estaba bien. Rebeca empezó a sudar frío. Sentía que su cuerpo expulsaba en el sudor todo el té amargo que había bebido en los últimos días. Sentía la cabeza muy ligera, como si estuviera llena de aire, tenía las extremidades dormidas y las articulaciones más rígidas que nunca. Sentía que sus pies descalzos se hubieran clavado en el piso del bosque, como si alguien hubiera escarbado alrededor de ellos y se hubieran hundido en la tierra. No podía moverlos. Cada postura de yoga que hacía, le resultaba más difícil de completar. No podía doblar sus codos y percibía sus dedos como si estuvieran dentro de un molde de yeso. Poco a poco sintió que su cadera se volvía tan dura como un tronco. Ambos brazos estaban sobre su cabeza, apuntando al cielo como un par de antenas, con los dedos extendidos y rígidos como ramas. Su cuerpo seguía expulsando el té amargo y sentía que al derramarse por toda su piel, esta se volvía fría. Fría y dura. No sentía dolor, en cambio, se sentía ligera, se sentía fuerte, sentía que respiraba por la piel, y sentía su sangre espesa desplazarse cada vez más lento dentro de su cuerpo. Los cuencos tibetanos seguían tocando. El monje les miraba fijamente. ¿Cuántas horas llevaban ahí? O tal vez… ¿días?

Sintió un pánico terrible, abrió los ojos y giró con dolor su cuello, la única articulación que aún era un poco flexible. Intentó voltear a ver a sus compañeros, pero no los podía encontrar. ¿A dónde habían ido todos? No los había escuchado quejarse o huir. De repente, le pareció ver que un arbusto junto a ella se movía, pero no podía ser, ¿o sí? Intentó enfocar sus ojos y entonces lo vio. Era un arbusto, ¿o una persona? El arbusto tenía dos troncos, gruesos y bien clavados en el piso, y de sus bases brotaban muchas raíces. Sobre estos dos troncos había un solo tronco, era grueso y estaba coronado por dos grandes ramas, en forma de brazos que se extendían al cielo. Entre estas dos ramas había… ¿una cabeza? La cabeza estaba hecha de madera verde, pero aún conservaba dos ojos. Dos ojos verdes que la miraban con un tremendo miedo en ellos y sintió que reflejaban el miedo que ella misma sentía.

Ahora le era imposible mover ninguna parte de su cuerpo. Lo sentía rígido como una tabla, pero a la vez, tan vivo como un árbol. Aún cuando no podía expandir su pecho para respirar, sentía que podía respirar a través de todo su cuerpo. Ya no tenía sed ni hambre. Se sintió hidratada y alimentada a través de sus pies y sentía los nutrientes moverse lentamente dentro de ella.

Rebeca escuchó que los cuencos tibetanos al fin callaban. No escuchó nada más que el viento entre sus propias ramas y entre las pequeñas hojas con forma de corazón que ahora brotaban de lo que habían sido sus dedos y sus manos.

El monje les habló. “Felicidades hermanos míos, han llegado a la cumbre de la meditación. Ahora forman parte de este bosque junto con miles de otros que han sido elegidos a través de los tiempos. Ahora forman parte del pináculo de la evolución. No más miedos, no más dudas, no más ego, no más dolor. Ustedes están por sobre todo eso. Ahora forman parte del todo. Ahora, están en la meditación eterna. Existirán por siempre y para siempre. Felicidades. Lo han logrado.”

El monje se dio la vuelta y regresó caminando solo y en silencio.